Oyen los vientos, oyen los pinos
y no suben a saber nada.
Así es. Parecen ajenas a todo lo que circula por encima de ellas. En su poema, Gabriela Mistral deja claro que son capaces de escuchar, que se retuercen para dar la espalda al sol, incluso que sueñan.¹ Están a un palmo de la superficie y, aun así, parecen indiferentes a lo que ocurre en ella. Todo es sigilo al otro lado, abrirse camino en la sombra. Una rutina callada en busca de agua y minerales.
Apretadas y revueltas
las raíces-alimañas
me miran con unos ojos
fijos de peces que no se les cansan
La poeta chilena las presenta como seres extraños. Son alimañas capaces de abrazar, órganos de mirada vieja, criaturas inquietantes que habitan una región cercana y oscura. Crecen como si gozaran de su invisibilidad. Despegan el deseo de la posesión porque aquel es siempre un enlace movedizo con el mundo y esta una manera insostenible de asociarse con él.
Abajo son los silencios,
en las ramas son las fábulas.
De pronto, Mistral hace una curiosa partición. El suelo divide dos reinos y la frontera está hecha de palabras. El cuerpo visible del árbol pertenece al dominio literario de las fábulas, al lugar donde las cosas se nombran, donde el espacio se carga de signos y biografías. En cambio, bajo tierra, las raíces crecen como una lengua sin habla. Se extienden como las manos que intentan orientarse en la noche, tratando de identificar el entorno mediante el tacto.
El poema no esconde la incomodidad que provocan las raíces. Estas resultan ser la extraña contrapartida de la belleza de las flores o de la elegancia de los tallos. Georges Bataille se sintió atraído por el modo en que se retuercen en el suelo. Las raíces constituían el reverso de cualquier idealización simbólica de las plantas. Su hormigueo sigiloso, su podredumbre de cepas “repugnantes y desnudas como lombrices” fastidiaba las asociaciones de lo vegetal con el amor, la ternura o la inocencia.²
Mistral y Bataille habían adivinado que las raíces, como miembros invisibles de los cuerpos vegetales, no encajaban del todo bien con las fábulas del exterior. Sin embargo, los acontecimientos del subsuelo ‒lo de abajo‒ tampoco coincidían con una mudez absoluta. Sabemos bien que las raíces no han escapado a la ventriloquia de Occidente. Como a las flores o a los frutos, también se las ha hecho hablar en nombre de orígenes y filiaciones. Echar raíces es crear un hogar estable; volver a ellas, regresar a un rincón especial. Arrancar un problema de raíz supone impedir que rebrote, y buscar la raíz del problema consiste en averiguar la causa inicial. Todo un catálogo de esencias para un órgano que vive de los accidentes del lodo. Una unión forzada con orígenes y permanencias para unos miembros que responden, más bien, a la errancia y a la mutación.
No es del todo desatinado vincular las raíces vegetales con todo aquello que, a priori, es invisible en el ámbito humano. Pasados, memorias, identidades y demás componentes de lo que llamamos ser humano parecen, en principio, imperceptibles. Su aparición, pese a los esfuerzos del discurso patrimonial por hilvanar una lógica entre lo que heredamos y lo que somos, es inevitablemente frágil. Casi nunca emergen para reafirmar un arraigo, sino para provocar un temblor.
Es posible que la extrañeza de Bataille y Mistral tenga que ver con esto: las plantas, seres que esconden la mitad de su cuerpo bajo tierra, enseñan como nadie que el afloramiento sensible del pasado no contribuye en modo alguno al empoderamiento de una identidad predefinida. La visibilidad, por el contrario, es sinónimo de vulnerabilidad y de apertura incierta hacia el exterior.
Analizando la presencia de las plantas en la colección pictórica del Art Institute of Chicago, Giovanni Aloi se detiene en Inside the Colosseum, de Franz Ludwig Catel. El lienzo es de 1823, un año decisivo para un monumento cuya supervivencia estaba seriamente comprometida tras décadas de expolio y derrumbes. En el primer plano, es el propio Giuseppe Valadier quien muestra a Ercole Consalvi el boceto de la famosa restauración del sector occidental. En cualquier caso, las ruinas se presentan como un escenario poblado de árboles y enredaderas. Los arcos y pilares del anfiteatro más famoso de la historia se muestran débiles, incapaces de soportar la espesura de maleza que los cubre. Según Aloi, el cuadro hace visible el empuje de una novedosa voluntad de salvaguarda contra el abandono intolerable de otros tiempos.
Pese a no ser el foco del cuadro, Aloi asegura que la presencia vegetal es esencial. Las plantas son el rastro de una negligencia reversible, pero, simultáneamente, también son la marca “de la propia naturalización de la cultura clásica”.³ En efecto, las raíces sirven para legitimar el Coliseo como el milagro perenne de una cultura enraizada, para visibilizar el enlace con unos cimientos que nos han de constituir. Son mostradas jugando un papel fundamental en el camino hacia la patrimonialización. Esto no deja de ser curioso si se tiene en cuenta que las plantas aparecen cuando las fábulas están a punto de desaparecer. Las raíces no devuelven la imagen ni de un pasado legible ni de un futuro esclarecedor. Mistral pasaba su rostro entre ellas y sus mejillas, como en el poema, solo se llenaban de tierra mojada.

¹ Mistral, Gabriela (2018). Raíces. En Las renegadas. Antología. Lumen, 113.
² Bataille, Georges (2003). El lenguaje de las flores. En La conjuración sagrada. Ensayos 1929-1939. Adriana Hidalgo, 27.
³ Aloi, Giovanni (2018). Painting Plants: Objectification and Symbolism. En Aloi, Giovanni (ed.), Botanical Speculations: Plants in Contemporary Art. Cambridge Scholars Publishing, XXI.



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