El mundo se ha venido abajo, pero el mundillo artístico ha quedado intacto.
Diario de Witold Gombrowicz, 1956
He derramado la compota.
Diario de Gombrowicz, 1968
El Orador –también apodado El Orador Bluff o La mano– es el único discurso filmado que conservamos de Ramón Gómez de la Serna. Grabada frente al Palacio de Cristal de Madrid en 1928, la escena parece ofrecer una muestra fiel de lo que fueron las conferencias del escritor madrileño en aquellos años. El protagonismo recae en la mano de quien se dirige al público, la “mano del orador”. Al margen de las palabras que acompaña, los gestos de la mano pueden convencer a multitudes, guiar el rumbo de las masas, captar “ideas como mariposas”, incluso enumerar razones o descansar sobre la mesa. El discurso de Gómez de la Serna se concentra en la extrema literalidad de algo que con frecuencia pasa inadvertido: la evidencia, tan sencilla como inconsciente, de que cuando hablamos nuestras manos se mueven.
Es difícil atribuir una lógica a tal movimiento. No parece haber una correspondencia racional entre las intenciones de las palabras y el ajetreo de las manos mientras se habla. Pero el autor de las greguerías no busca una explicación iconográfica de esta dinámica gestual del cuerpo. Al contrario, lo que rescata es la capacidad inventiva del gesto, esa intensidad productiva que circula bajo la apariencia transparente de las significaciones. Toda institución de sentido, sugería su performance, se sostiene en la mecánica de una lengua entregada a la palabra y de unas manos entregadas al movimiento.
Buena parte de las acciones que Los Torreznos han propuesto desde que iniciaron su carrera –allá por el año 2000– funciona como un dardo receloso contra la maquinaria lingüística y gestual que conforma lo que denominamos arte. Recogiendo la sencillez ramoniana, sus obras desnudan la arquitectura discursiva del arte y parodian, con una obviedad desmaquilladora, el repertorio de gestos y retóricas sobre el que este levanta sus cimientos.

Recuerden la sentencia de Witold Gombrowicz en Ferdydurke. Para el escritor polaco, el medio artístico superaba todos los récords de la infamia, y, ante el hartazgo que provocaban las palabras del enterado y las formas del pretencioso, la salida consistía en despojar a los gestos de su sentido dado y arrastrar al cuerpo hasta la frontera que separa la estupidez de la lucidez más tajante. Como es sabido, Gombrowicz optó en 1937 por el inolvidable duelo de muecas, un enfrentamiento entre Sifón y Polilla que no se aleja mucho de los trabajos que proponen Jaime Vallaure y Rafael Lamata desde principios de siglo.
La potencia irónica de este dúo no señala hacia una esencia incomprensible para personas no iniciadas, sino hacia un movimiento que se hace ritual en cada actualización y hacia un vacío que se actualiza en cada ritual. Sus acciones desarticulan sentidos porque sentido es, habitualmente, sinónimo de disciplina; devuelven a la palabra su estridencia porque esta circula como premisa de un pacto consensuado; y acentúan la disonancia de los gestos en un entorno de gesticulaciones armonizadas con impostura. Su reacción ante esta atmósfera de sensaciones calculadas y elocuencia bienintencionada no se protege con las sofisticaciones del cómico, sino con la plena confianza en “la mejor autoría” posible: la del azar.
Si los discursos del arte contemporáneo demuestran a menudo que se pueden construir clichés con cualquier expresión, la réplica de Los Torreznos se vuelve irrefutable: también “se puede construir sentido con cualquier palabra”. Por eso, sus piezas están más cerca del desmembramiento de lo asumido que del montaje con ínfulas de originalidad. Las reducciones a un mínimo que bordea lo absurdo, clave de su proceso creativo, no apuntan a la acumulación de capas. No existe el lienzo en blanco, no hay gesto insólito ni palabra primigenia. “Ya existen un montón de cosas”, que diría Gilles Deleuze, de modo que la tarea consiste en desbrozar una semiótica sobrecargada, llevarse a la boca la gramática cultural y escupirla como un vocablo que rechina entre los dientes, convertir el cálculo en inercia y en ruido las pautas.

Los Torreznos y el Centro José Guerrero compartían un aniversario especial el pasado 2025. Ambos cumplían 25 años de actividad y se reunieron para celebrarlo. El dúo presentó una de sus acciones más emblemáticas, una performance que encajaba perfectamente con la conmemoración, pues se trataba de celebrar el transcurso de un tiempo determinado. 35 minutos dispone a Vallaure y Lamata en dos sillas frente a un público sentado muy cerca. En su introducción, explican brevemente por qué han decidido realizar una acción de esa duración: treinta y cinco minutos es una cantidad de tiempo adecuada para mantener la atención del público y, además, suficiente para exponer una idea con claridad.
Pero, sobre todo, treinta y cinco minutos son 2.100 segundos. Una arbitrariedad como cualquier otra, quizá fruto del mismo azar que ha provocado que este texto tenga 1.008 palabras. A partir de ahí, la performance consiste en contar el total de segundos que componen el tiempo elegido. Palabras, cuerpos y gesto no se dedican a exponer consideraciones sobre el tiempo ni a representar su paso con metáforas laboriosas. La presencia se abandona al propio transcurso, generando una tautología temporal que diluye las diferencias entre el sinsentido y el único sentido posible. 35 minutos no es tanto una toma de conciencia del aquí y ahora como la somatización del tránsito mismo. El presente se deshace en la rutina corporal que lleva de un segundo a otro, y la distinción entre pasado, presente y futuro resulta tan contingente como la pura enunciación de su discurrir.
Para Los Torreznos, es una nimiedad saber con certeza si los gestos existen para significar la experiencia o para intensificarla. En sus acciones, las palabras, antes de decirse, se mastican. Así, con el fluir coreografiado de aquellos segundos, se deglutía aquello que nos atraviesa. Ya lo había advertido una de las greguerías de Gómez de la Serna: “El tiempo ya no es oro, es pan, sólo pan”.
Sirvan estas líneas como felicitación atrasada a Los Torreznos y al Guerrero. Esta llega con un retraso de doce millones noventa y seis mil segundos, pero es que no todos los días se cumplen setecientos ochenta y nueve millones cuatro mil ochocientos.

Deleuze, Gilles (2007). Pintura. El concepto de diagrama. Buenos Aires: Cactus.
Gombrowicz, Witold (2017). Diario: 1953-1969. Buenos Aires: El cuenco de plata.
Gombrowicz, Witold (2006). Ferdydurke. Barcelona: Seix Barral.
Gómez de la Serna, Ramón (2001). Greguerías. Madrid: Cátedra.
Grueso Hierro, Alicia (2022). El Orador. Ramón Gómez de la Serna. Madrid/París: Ayuntamiento de Madrid, MAC y Sorbonne Université – IUF.
Los Torreznos (2024). La Tesis. Segovia: La uÑa RoTa.
Los Torreznos y Barenblit, Ferran (2014). Los Torreznos. Cuatrocientos setenta y tres millones trescientos cincuenta y tres mil ochocientos noventa segundos. Madrid: CA2M.



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